Confesión: Acercándonos más a Dios

    

        El ministerio de Madres Unidas para Orar nos propone y trabaja cuatro pasos en la oración, sustentados en la palabra. La semana pasada comenzamos compartiendo acerca del primer paso: Adoración ¡tengo que contarles que he aprendido tantos atributos de Dios, y es sorprendente! Este paso es emocionante y nos centra en lo importante quien es El Dios que adoramos.

El segundo paso es la confesión, la cual realizamos en silencio, unos minutos, acercándonos al Trono de la Gracia, dónde hallaremos misericordia. En el cuál El Padre que hemos reconocido por sus múltiples cualidades, ahora, nos encuentra y en esa intimidad con Él, cara a cara nuestro corazón reconoce su condición. Las cosas que hemos dicho, las que hemos hecho, las que pensamos.

Confesar es reconocer, es mirar a lo interno, las intensiones reales. Cristo nos descubre tal cual somos. En el Edén Adán y Eva después de pecar, estaban escondidos. La presencia de Dios que ellos conocieron era tan Santa y sublime, ahora algo no estaba bien. No solo escondidos si no cubiertos por hojas de higuera. (Genesis 3:7). ¿Cuántas hojas de higuera tenemos? Nuestro orgullo, la vanagloria, nuestra autosuficiencia. Daniel en el capitulo 9 lo describe como pecado, inequidad, rebeldía, desobediencia, apartados del Señor y sus mandamientos y lo que hemos hecho impíamente. En I Samuel 2: 12, describe a los hijos de Elí como hombres impíos y sin conocimiento de Jehová, a pesar de que su padre era un Sacerdote de la casa de Jehová, crecieron y habitaron en el templo. El punto aquí: todos necesitamos reconocer nuestro pecado, la biblia nos enseña en Romanos 3:10-11” Como está escrito. No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios”. En el tiempo que estamos en esta condición de pecado somos llamadas enemigas de Dios, pero al confesar y descubrir nuestro pecado, podemos ser llamadas hijas del Rey, del Dios Altísimo.

Al cerrar mis ojos, cuando ya he reconocido su dulce presencia, la confesión es un acto que fluye, es necesario, y es tan purificador, la carga se vuelve ligera, no hay pecado que no pueda ser perdonado, no hay falla que no sea cubierta por su amor.

 “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” I Juan 1:9.

Cuando pecamos debemos correr a la cruz, corre a los brazos del Padre. Y sin meditarlo inmediatamente nuestros labios, solo pueden pronunciar GRACIAS.

Con amor una madre que corre a la cruz a los brazos del Padre.

Laura Ramírez 


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